jueves, 12 de febrero de 2015

Recuerdo

¿Por qué sigues viniendo a este lugar?, ¿acaso las respuestas no están escritas en el rostro de aquellos que lloran mientras caminas por la calle?, ¿cuál es tu necesidad de flagelarte con emociones?, ¿por qué leer las cartas de la infancia dirigidas a tus padres?, ¿por qué encontrar la primera declaración de amor cuando arreglabas la habitación?, ¿por qué tienes ese libro en la mesa de noche? Debes dejar ir, sencillamente, dejar que se vaya. Y con eso no me refiero a que uses el alcohol que guardas entre las medias, o los medicamentos que te dieron para superar la ansiedad, tampoco sirve la opción de olvidar, porque los aromas de la ciudad te hacen sudar, te llevan a ese momento en donde fuiste feliz.

Una vez más, nos hemos vuelto a perder.

Corres por la calle intentando llegar a un lugar que no conoces… pero del cual tienes la dirección. Sueltas quejidos e intentas regular la respiración, el aire a las costillas, ellas expandiéndose y el semáforo centellando con el color de la pasión. Entras a un pasaje comercial: tintas, hojas, cámaras, café, la fuerte mirada de un comerciante al patear la lata de limosna que tiene un indigente, aunque mantengas los pasos con la misma velocidad, esa imagen se queda en tu mente, como si fueran manos que te corroen por la soledad que hay en tu alma.

Pasas al lado de los libros de segunda que con curiosidad ya has detallado varias veces. Sabes que por más que apresures el paso seguirás llegando tarde-. Miras al cielo, con sus algodones blancos y rayitos de colores, falta poco y lo sabes.

Falta poco y lo sé.

Tarareas una melancólica canción, esa que te hizo llorar en el concierto al lado de tu hermana, esa que cantas hasta que la garganta queme y no puedas ver a causa de las lágrimas retenidas en tus orbes, orbes que inundas de oscuridad, orbes que agrandas con tu oscuridad.

Una oportunidad más…

Estás llegando al punto de encuentro, el pavimento es más suave y con cada paso que das parece que flotas. Te gusta esa sensación, especialmente cuando danza con el humo que puedes sacar de tu boca, como si fueras un dragón.

Sin embargo los ves, ves al hombre que se robó tu corazón andando deliberadamente por el sendero que piensas utilizar. Ves su espalda y la de ella, ves que se aleja cada vez con mayor facilidad.
Detienes el ritmo, las voces que murmuran en tus oídos pierden la majestuosidad, te pierdes a ti, te pierdes, mujer, al encontrarlo.

Todavía eres incapaz de recordar qué pasó en realidad.

Los tacones resonando, el cabello impidiéndote ver bien, la depresión queriendo salir en forma de vómito, su mirada desaprobatoria cuando sintió la peste de la cerveza en los labios que usualmente besaba, su libro en la mesa de noche, la espera de una noticia suya.

Los recuerdos retienen tus piernas.

¿Sabes?, quizá lo que en estos momentos te parte en pedazos es seguir viendo rostros ajenos derramar lágrimas por ti. Y escuchar el latido que repentinamente, desapareció.

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